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sábado, octubre 17, 2026

Lucía, una verdadera obra maestra del arte dominicano, que han tratado de borra por la incapacidad de las emociones

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Por José Ignacio De Los Santos

Hay canciones que se escuchan y hay canciones que se sienten. “Lucía” pertenece a esa categoría excepcional de obras que parecen haber sido concebidas no solamente por la inspiración humana, sino por una sensibilidad capaz de tocar las fibras más profundas del alma.

Es una composición de una ternura, una delicadeza y una belleza extraordinarias, capaz de elevar la grandeza de la mujer hasta convertirla en poesía.

Al analizar cada línea de su composición, uno tiene la sensación de entrar en los más hermosos jardines que la imaginación y la historia han podido registrar.

“Tan lánguido, tan leve y tan sublime,
cual de la luz el tímido temblor,
es su piel que parece cuando oprime,
que no tiene más peso que una flor.”

¿Qué puede existir más delicado que comparar el movimiento de una mujer con el temblor de la luz y el peso de una flor?

Y continúa:

“En una flor debió de haber nacido,
y a veces se diría que su piel,
es un velo traslúcido
tendido sobre su fino cuerpo de clavel.”

Aquí la poesía alcanza una dimensión extraordinaria. La mujer deja de ser simplemente descrita para convertirse en una expresión de la naturaleza misma: flor, luz, transparencia, delicadeza.

Y entonces aparece una de las imágenes más impresionantes de toda la composición:

“Y al través de su carne transparente,
como al través de un vaso de cristal,
se mira dilatarse la corriente,
de su sangre de púrpura ducal.”

Es difícil encontrar una manera más elevada de describir la belleza femenina. No hay vulgaridad, no hay exceso: hay admiración, respeto y una profunda sensibilidad artística.

Se han originado diferentes versiones acerca de la mujer para quien el doctor Joaquín Balaguer habría escrito este hermoso poema. Pero, independientemente de esas versiones, hay algo que debería estar por encima de cualquier interpretación personal: la obra trasciende a su posible destinataria.

“Lucía” pertenece a la cultura dominicana.

Pertenece a la poesía.

Pertenece a la música.

Y, sobre todo, pertenece a los sentimientos humanos.

Porque la grandeza de una obra de arte no depende exclusivamente de saber quién inspiró al autor. Su verdadera grandeza está en la capacidad de sobrevivir a su creador, a sus circunstancias y hasta a quienes intenten desconocerla.

Lo verdaderamente penoso es que, por razones que pueden tener más relación con las emociones personales que con la valoración artística, haya quienes hayan pretendido borrar su existencia o disminuir su importancia.

Pero hay obras que no pueden borrarse.

Hay sentimientos que no pueden prohibirse.

Hay belleza que no puede desaparecer por decreto.

“Lucía” es una de ellas.

Quizás esa sea precisamente su mayor victoria: que, a pesar del tiempo, de las controversias y de las pasiones humanas, continúe despertando emociones.

Porque cuando una creación logra tocar el corazón de varias generaciones, deja de pertenecer exclusivamente a quien la escribió.

Y quizás la divinidad —esa misma fuerza misteriosa que permite al ser humano crear belleza— no haya permitido que la maldad, la intolerancia o la incapacidad emocional puedan negarle a un pueblo el derecho de conservar una de sus expresiones más hermosas.

“Lucía” no necesita que nadie la defienda para existir.

Su propia belleza la defiende.

Su poesía la sostiene.

Su música la mantiene viva.

Y mientras exista alguien capaz de escucharla con el corazón, Lucía seguirá siendo una verdadera obra maestra del arte dominicano. jis.-‎

 

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