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lunes, octubre 19, 2026

Más de 30 años sin continuidad de Estado: La corrupción ha penetrado todos los estamentos y ha impedido el desarrollo de la R.D.

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Por José Ignacio De Los Santos

Durante más de 30 años, la República Dominicana ha vivido sin una verdadera continuidad de Estado. Cada gobierno llega con sus propias prioridades, modifica programas, abandona proyectos anteriores y vuelve a comenzar desde cero. Esa falta de visión de largo plazo ha creado un Estado que administra el presente, pero que pocas veces planifica el futuro.

A esto se agrega uno de los mayores males que ha penetrado nuestras instituciones: la corrupción.

Por cada peso que se sustrae de las arcas públicas, hay un dominicano que pierde una oportunidad. Es un estudiante que deja de recibir una educación de calidad, un paciente que no encuentra una atención médica adecuada, una familia que permanece en la pobreza o un joven que no encuentra un empleo digno que le permita incorporarse plenamente a los medios de convivencia humana.

La corrupción no solamente roba dinero al Estado. También roba futuro.

Los diferentes gobiernos no han logrado crear las condiciones necesarias para que cada ciudadano pueda encontrar un trabajo bien remunerado, desarrollar sus capacidades y vivir con dignidad. El crecimiento económico del país no siempre se ha traducido en oportunidades reales para amplios sectores de la población.

LA EDUCACIÓN HA PERDIDO SU MÍSTICA

Producto de la improvisación, la politización y el manejo inadecuado de los recursos públicos, la educación ha ido perdiendo parte de su esencia.

No basta con construir escuelas, entregar computadoras o aumentar presupuestos. La educación necesita mística, disciplina, formación docente, autoridad, evaluación y compromiso.

Una nación que no logra formar adecuadamente a sus niños y jóvenes está comprometiendo su propio futuro.

LA SALUD NO PUEDE SER UN NEGOCIO POLÍTICO

En la salud ocurre algo parecido.

Los programas de atención han perdido continuidad y, en demasiadas ocasiones, las decisiones públicas terminan condicionadas por intereses políticos. El ciudadano no debe tener que preguntarse a qué partido pertenece quien administra un hospital o quién puede ayudarlo a conseguir una atención médica.

La salud es un derecho, no una recompensa política.

LA INSEGURIDAD ESTÁ DEBILITANDO LA CONFIANZA

La seguridad ciudadana también constituye una preocupación fundamental.

Cuando un ciudadano siente que no está suficientemente protegido, comienza a perder confianza en las instituciones. Y cuando esa desconfianza se generaliza, se debilita uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática: la confianza entre el ciudadano y el Estado.

La seguridad no puede medirse solamente por estadísticas. También debe medirse por la tranquilidad con que una familia puede salir de su casa, trabajar, estudiar y regresar sin miedo.

OBRAS DE IMPACTO NO SIEMPRE SIGNIFICAN DESARROLLO

Durante décadas, los gobiernos han privilegiado en ocasiones las llamadas obras de impacto, aquellas que pueden ser inauguradas, fotografiadas y utilizadas como símbolos de gestión.

Pero la pregunta fundamental debería ser otra:

¿Cuánto aporta esa obra al desarrollo económico y social del país?

El pueblo necesita carreteras, hospitales, escuelas, agua potable, electricidad, seguridad, producción agrícola, empleos y oportunidades. Necesita soluciones que mejoren su vida cotidiana y que generen riqueza sostenible.

No se puede confundir una gran obra con una gran solución.

El Estado debe invertir donde exista una verdadera necesidad nacional y donde cada peso pueda producir el mayor beneficio posible para la sociedad.

EL CIUDADANO PAGA IMPUESTOS Y TIENE DERECHO A EXIGIR RESULTADOS

El gobierno no puede limitarse a cobrar impuestos. Tiene la responsabilidad de convertir esos recursos en bienestar.

Cada ciudadano que paga impuestos tiene derecho a exigir educación de calidad, servicios de salud eficientes, seguridad, infraestructura adecuada, empleos y oportunidades para progresar.

Por eso necesitamos políticas públicas que acerquen nuevamente al Estado al ciudadano.

Un Estado que escuche.

Un Estado que responda.

Un Estado que planifique.

Un Estado que continúe las políticas que funcionan, independientemente de quién gobierne.

EL PAÍS NECESITA UNA NUEVA CULTURA DE ESTADO

La República Dominicana no puede continuar improvisando su futuro cada cuatro años.

Necesitamos establecer grandes políticas nacionales que tengan continuidad en educación, salud, seguridad, producción, infraestructura, energía, agua, agricultura y desarrollo territorial.

Los gobiernos deben entender que el Estado es permanente y los gobiernos son transitorios.

Ese principio debe convertirse en una verdadera cultura política.

Si no somos capaces de construir esa continuidad, seguiremos repitiendo los mismos problemas, cambiando funcionarios, inaugurando obras y celebrando cifras, mientras una parte importante de la población continúa esperando las oportunidades que nunca llegan.

Y existe un peligro todavía mayor: que el ciudadano termine perdiendo la fe no solamente en los políticos, sino también en la democracia y en los procesos electorales.

El país no aguanta más indiferencia.

La República Dominicana necesita recuperar la confianza, la institucionalidad y la esperanza.

Necesita un Estado que no pertenezca a un partido, sino a todos los dominicanos.

Porque el verdadero desarrollo de una nación no se construye solamente con cemento y grandes inauguraciones.

Se construye con instituciones fuertes, educación, trabajo digno, seguridad, justicia, transparencia y oportunidades para todos. jis.-

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