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martes, octubre 27, 2026

Puerto Plata, un gigante detenido por la incapacidad de su liderazgo.

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martes 27 de octubre, 2026.

Por José Ignacio De Los Santos, para Pregón Digital

Puerto Plata, además de su privilegiada ubicación geográfica y de sus extraordinarios atractivos naturales, recibió durante décadas una serie de inversiones, servicios e infraestructuras que le proporcionaban todas las condiciones necesarias para convertirse en uno de los polos turísticos más importantes del área del Caribe y del mundo.

La construcción del Aeropuerto Internacional Gregorio Luperón, el Teleférico de Puerto Plata, el proyecto que dio origen al primer gran destino turístico de masas, Playa Dorada, impulsado a través de INFRATUR, la construcción del acueducto y el inicio de la Circunvalación de Puerto Plata —obra que quedó abandonada después de concluir la gestión gubernamental que la inició— son ejemplos de una visión de Estado que entendía la importancia estratégica de esta provincia para el desarrollo turístico de la República Dominicana.

Muchas de esas iniciativas estuvieron vinculadas a la visión del presidente Joaquín Balaguer, quien comprendió que Puerto Plata podía convertirse en una verdadera locomotora del turismo dominicano.

Siempre me impactó un comentario del expresidente y profesor Juan Bosch, cuando afirmó: “En el país no existe una clase gobernante”.

El paso del tiempo, lamentablemente, parece haberle dado la razón a aquel gigante de la literatura, la política y el pensamiento dominicano.

A Joaquín Balaguer, su adversario político, nunca le han perdonado algunas de sus grandezas ni su visión de país. Muchas veces, las pasiones políticas han sido colocadas por encima del interés nacional, sin importar quién haya realizado una obra ni cuánto haya costado construirla.

Recuerdo, por ejemplo, el intento de urbanizar el Parque Mirador del Sur, en Santo Domingo, una verdadera obra maestra de la arquitectura paisajística nacional. Fue la presión de la sociedad y la protesta ciudadana la que impidió que aquel patrimonio natural y urbano fuera destruido.

Son apenas dos ejemplos que nos permiten comprender a qué se refería Bosch cuando hablaba de la incapacidad de la clase política para construir una verdadera visión de Estado.

Y Puerto Plata tampoco escapó a esa realidad.

Durante los últimos gobiernos, independientemente de las banderas políticas, la provincia ha sufrido las consecuencias de la falta de continuidad, de visión estratégica y, sobre todo, de un liderazgo capaz de colocar los intereses de Puerto Plata por encima de las diferencias partidarias.

Y resulta todavía más difícil comprenderlo cuando se observa la enorme riqueza que esta provincia ha generado para la República Dominicana.

No se tomó en cuenta cuánto aportaba Puerto Plata al fisco.

No se tomó en cuenta la cantidad de empleos que generaba.

No se tomó en cuenta la inversión pública y privada realizada durante décadas.

No se tomó en cuenta que cada obra abandonada representa recursos del pueblo dominicano que se pierden.

Y, mucho menos, se tomó en cuenta el costo social que significa permitir que una provincia con semejantes condiciones económicas y turísticas vea disminuir sus oportunidades de desarrollo.

Puerto Plata no era una provincia destinada a conformarse con sobrevivir.

Puerto Plata estaba llamada a ser una de las grandes capitales turísticas del Caribe.

Tenía aeropuerto, playas, montañas, historia, cultura, agricultura, pesca, infraestructura hotelera, condiciones para el turismo de cruceros, turismo de naturaleza, turismo de montaña y una posición geográfica privilegiada.

Tenía, en otras palabras, prácticamente todos los elementos necesarios para construir una economía mucho más poderosa y diversificada.

Lo que faltó no fueron recursos naturales.

Lo que faltó fue continuidad de Estado, visión estratégica y liderazgo político capaz de defender un proyecto de provincia por encima de las pasiones y los intereses circunstanciales.

Por eso Puerto Plata debe comenzar a preguntarse, con absoluta responsabilidad, no solamente qué gobiernos han pasado por la provincia, sino también qué hicieron sus propios liderazgos para impedir que la grandeza de Puerto Plata fuera detenida.

Porque un pueblo no puede vivir eternamente de recordar lo que fue.

Puerto Plata tiene derecho a preguntarse por qué, teniendo tantas ventajas comparativas, no ocupa hoy el lugar que debería ocupar en la economía nacional y en el mapa turístico mundial.

La respuesta no puede reducirse a la falta de recursos.

Tampoco puede atribuirse exclusivamente a un gobierno determinado.

El problema es mucho más profundo.

Puerto Plata ha sido un gigante con las piernas atadas por la incapacidad de construir y mantener un liderazgo provincial con visión de futuro.

Y mientras las pasiones políticas continúen sustituyendo la planificación, mientras cada gobierno pretenda comenzar de nuevo y mientras las obras de una administración sean abandonadas simplemente porque fueron concebidas por otra, Puerto Plata continuará pagando el precio de una enfermedad que no es económica, sino fundamentalmente política y de liderazgo.

El desafío ahora no consiste en mirar hacia atrás para buscar culpables.

El verdadero desafío consiste en recuperar la grandeza perdida y construir, de una vez por todas, una visión de Estado para Puerto Plata. jis.-

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